FREDERICK WINSLOW TAYLOR

Frederick Taylor

Esta es la historia de Taylor; Frederick Winslow Taylor, que fuera el iniciador de la era industrial.

    Taylor nació en un arrabal de Filadelfia en el año 1856. Durante la guerra civil era todavía un niño, demasiado pequeño para comprender lo que era la guerra. Sus padres no eran ni ricos ni pobres. Sin embargo, eran lo suficientemente ricos para poder enviar al joven Fred Taylor a estudiar a Francia. Pensaban enviarlo luego a la universidad de Harvard para que allí se formara para ser abogado.
      Fue buen estudiante. Estudió con tanto ahínco que se daño la vista y tuvo que suspender completamente sus estudios. A los diecinueve años, el mal estado de su vista le obligó a dejar la escuela. Este golpe tan serio decidió lo que habría de ser de él.
    Fue en busca de trabajo y consiguió empleo en un minúsculo taller mecánico que había cerca de su casa. Permaneció en el por espacio de tres años. Aprendió el oficio de mecánico. También aprendió a hacer modelos.
    A los 22 años se dirigió a los talleres de la Midvale Steel Works y consiguió un puesto de jornalero. Pero no lo fue por mucho tiempo. Primero fue encargado de los torneros. En segundo lugar fue ayudante de sobrestante del taller mecánico. En tercero, fue sobrestante. En cuarto lugar, fue maestro mecánico encargado de reparaciones y mantenimiento. En quinto lugar fue jefe de delineantes. En sexto, fue ingeniero jefe. Ascendió de jornalero a ingeniero en jefe en el transcurso de seis años.
      Durante este tiempo su vista mejoro y siguió el curso de ingeniería del Instituto de Stevens, estudiando por las noches y los domingos. A los veintitrés años y mientras era sobrestante, comenzó por primera vez a aplicar procedimientos científicos a la fabricación.
     Invento un nuevo arte de cortar metales con acero rápido, gracias al cual las herramientas cortantes actuales pueden durar tres veces más que las antiguas.
     Hizo docenas de millares de experimentos. Fue hombre de gran paciencia y perseverancia.
    Recibió una participación por sus inventos y, en 1901, se retiro de sus actividades destinadas a ganar dineros. Tal como lo dijera el mismo: ya no puedo permitirme trabajar por dinero. Taylor no fue ningún genio. No fue brillante, tampoco fue adaptable. Acaso el secreto de su éxito fuese el dominio de si mismo. Tenía la persistencia más obstinada que haya tenido ningún hombre del mundo.
   Una vez había comenzado un trabajo, nada podía inducirle a dejarlo hasta haberlo terminado. Tal como lo reconociera una vez, su éxito se debió a que no soltaba la presa.
    Una vez al definir su idea de carácter lo llamo la capacidad para hacer cosas desagradables.
    Taylor creía que, si alguien no hacía más que aquello que le gustaba era un don nadie. Lo principal es hacer aquello que necesita hacerse, tanto si se gusta como si no se gusta.
    Por ejemplo una vez Taylor se obligó a aprender la teneduría de libros, a pesar de que la detestaba, porque descubrió que la contabilidad eficiente es de gran importancia para todo fabricante.
   Taylor se convertía en servidor de su labor. Se dedicaba con el mayor celo y la más inagotable paciencia al trabajo corriente de cada día desdeñado por la mayoría de las personas: este fue en otras palabras el secreto de su éxito.
   Taylor era hombre de acción. No era un pensador original en el sentido en que lo que fue un Herbert Spencer. Tenía muy poca imaginación y no estaba sobrado de tacto. Era muy sencillo y directo.
  Si tropezaba con alguna dificultad, nunca pensaba en rehuirla o en dar un rodeo para evitarla. Iba directamente a ella. Pasaba a través de ella o la salvaba. Con todo propósito siguió, durante toda su vida, la línea de mayor resistencia.
  A Taylor no le importaba la vida social. Nunca quiso ser decorativo ni divertido. Le importaban mucho menos las personas que los hechos. Era un devoto de estos últimos.
  Taylor no se desviaba ni un ápice de un camino para complacer a la opinión publica. Era todo lo contrario de un político. Las opiniones le importaban un bledo; ni tan siquiera las suyas. Su única meta era encontrar lo que había de hacerse.
  Era un orador muy poco interesante. Una vez en Nueva York le oí dirigiéndose a un público de tres mil personas, que se sintieron encantadas cuando hubo acabado.
  En otra ocasión hablo pesada y flemáticamente por espacio de una hora en un banquete de la Asociación de la prensa Americana. Este discurso causo gran daño a la eficiencia en los EE.UU., puesto que el grave Taylor aburrió a la Asociación de la prensa mucho más de lo que hubiese hecho ninguno de los oradores por ella invitados en cualquier época. Algunos de los comensales abandonaron el salón. Otros se durmieron. Todos eran periodistas brillantes, sensacionales y poco profundos; y se molestaron y burlaron del ansioso y poco interesante Taylor.
  Taylor nunca se preocupo por allanarse el camino, ni para sí ni para sus procedimientos. Trabajaba incesantemente para aprender lo que ya sabia; y una vez lograba descubrir un hecho, se aferraba al mismo.
   Llego a hacerse rico. Y lo que es mas; hizo rica a su compañía y aun mejor, reconstituyo los talleres mecánicos del mundo entero.
     Taylor no era ningún genio. Ocupando menos siempre negó decididamente que lo fuera. Siempre decía que no tenia ninguna habilidad especial: solo resistencia y sentido común: según su parecer debía su éxito a lo que el llamaba la simple persistencia cotidiana.
     En los últimos tiempos de su existencia, Taylor fue maestro de hombres. Pero en los comienzos de su vida fue un estudiante. Siempre conseguía instrucción por medio de libros, de personas de más edad, o de experimentos personales.
     De joven ascendió rápidamente gracias a su voluntad por trabajar fuera de horas y por el cuidado que puso en sus maquinas. Los directores pronto hubieron de notarle y fue muy solicitado.
    Taylor quedo muy impresionado por ciertos consejos que recibió de un viejo fabricante. El anciano caballero hubo de notarle, cuando era aprendiz, y lo mando a llamar. Le dijo a Taylor: si quieres triunfar en la vida, te diré lo que has de hacer. Si tu patrón quiere que comiences a trabajar a las 7:00 de la mañana llega siempre diez minutos antes de la hora. Si quieres que te quedes hasta las seis de la tarde, quédate siempre hasta diez minutos después de las seis. Si no tienes bastantes entendederas para comprender lo que quiero decirte con esto, tampoco las tienes para triunfar.
   Una mañana, siendo Taylor sobrestante, se rompió una válvula. Este hecho obligo a que todo el departamento dejara de trabajar. Taylor recorrió toda Filadelfia en busca de una válvula. Estuvo en todos los comercios de la ciudad. No la encontró. No había ninguna.
  Volvió al taller, fue a ver al gerente general y se puso a explicarle como había ido en pos de una válvula. El gerente general se quedo mirándole airado.
  Quiere usted decir que no ha encontrado esta válvula. Eso es señor.
  Salga de aquí, rugió el gerente general y consiga esta válvula.
  Taylor se fue a Nueva York (a 145 Km) y consiguió la válvula.
 Este hecho le enseño una lección de importancia. Tal como solía decirlo: así fue como aprendí a no brindar razones en lugar de resultados. En otra ocasión quedo muy impresionado por un comentario que, en 1876 hiciera el viejo Sharpe, de los famosos talleres de Sharpe; cuál es tu idea del éxito, le pregunto Sharpe.
 Pues contesto Taylor: que quiero ser mecánico y ganar diez chelines al día.
 No, le dijo Sharpe. Esta no es una meta suficiente. Cuando yo tenía tu edad, decide que aprendería a trabajar un poco más cuidadosamente que nadie, y que siempre este año haría mejor trabajo que el año pasado.
    Durante varios años Taylor estuvo trabajando a las órdenes de William Sellers, ingeniero de gran fama. Un día se acercó a Sellers para quejarse de que cierto encargado de mal genio le había tratado mal. Le contó sus penas a Sellers con bastante detalle. Sellers le escucho pacientemente y luego le contesto: sabes que todo esto me da la impresión de que todavía eres un muchacho muy joven. Mucho antes de que llegues a mi edad te encontraras que te toca comerte todo un bushel de basura y seguirás adelante y lo comerás hasta que realmente te estropee la digestión.
    El joven Taylor se tomo esta respuesta muy a pecho y decidió no debilitar su carácter con quejas y mal humor.
   Una vez que había ascendido para llegar a ser el jefe de un pequeño departamento, hubo un albañal que se atasco. Este albañal corría a siete metros y medio de profundidad, por debajo de la fábrica. Envío una cuadrilla a que lo limpiara. Se pusieron a trabajar valiéndose de varillas empalmadas unas con otras y no lograron ningún resultado. Dijeron que había que hacerse una zanja para ponerlo al descubierto.
   Esto paralizaría la fabrica por espacio de varios días; de manera que Taylor decidió limpiar el albañal por si mismo. Se quitó la ropa, se puso un mono, se ato unos zapatos en los codos y en las rodillas y se metió en el albañal.
   Varias veces tuvo que pegar la nariz a lo alto de la curva del albañal para no ahogarse. Fue avanzando a gatas en medio de la oscuridad por espacio de casi cien metros. Encontró la obstrucción, la quito de en medio y retrocedió por el tubo lleno de lodo.
  Salió cubierto de suciedad pero victorioso. Sus compañeros de trabajo, se rieron de él, pero el presidente de la compañía se entero del caso y lo contó al consejo de administración. Taylor había ahorrado a la compañía miles de libres esterlinas. Esto le procuro otro ascenso.
  Taylor era hombre de gran fuerza de voluntad y de mucha independencia. Era, mas que nada, fuerte. Nadie podía quebrarle o doblegarle. Una vez que había comenzado una labor, ya nadie podía detenerle.
  No fue ningún Matthew Arnold. Era hombre más bien tosco. Cuando estaba excitado, su lenguaje no se parecía en nada al de Ruskin o al de Tennynson. La mayor parte del mismo era demasiado vivaz y descriptivo para que pudiera darse a la imprenta.
  Soltaba palabrotas, no tenia nada de urbanidad ni cortesía. Era una mezcla de Darwin, Lord Rhonda y "Jacky Fisher".
 Una vez una comisión parlamentaria le censuro por su lenguaje, y dijo como excusa: me temo señores, que mi primera educación fue muy descuidada.
 En Taylor no había nada de fingimiento. No tenia nada de paciente con los estúpidos; y se mofaba de las supercherías que solo pueden hacer los hombres fuertes.
 Su mente era demasiado grande para preocuparse por las minucias del lenguaje. Si llevaba cuello y corbata, bien; y si no que importaba. No perdía el tiempo en bagatelas.
 Era bien nacido, en el sentido mas elevado de la expresión. Sus antepasados paternos eran cuáqueros ingleses y su madre descendía de una familia puritana de apellido Spooner, que llego a América en el Mayflower.
 Pero a Taylor no le importaba nada el nacimiento y muy poco la educación. Ni tenía pretensiones de ninguna especie. Prefería los trabajadores a los profesores. Siempre fue persona muy natural y directa al que todos respetaban y al que unos pocos amaron.
     Sentía muy poca atracción por los dirigentes obreros o por los directores. La mayor parte de su vida se la paso combatiendo a unos y otros. Los unos eran tan malos como los otros, pensaba, en lo de obstaculizar las mejoras.
   Aprobaba la capacitación dirigente, pero no el trabajo benéfico. No creía en mimar a los trabajadores. Pensaba que había que tratarlos justamente y dejarles que hicieran de su vida lo que quisieran.
  En su época comenzó justamente el trabajo benéfico, cometiendo numerosos errores. Según el parecer de Taylor, la mayor parte del trabajo era tan útil como ponerle cintas de adorno a los tornos.
 Taylor trabajaba con sus hombres no les tenia miedo. Cuando obraban mal les decía cuanto pensaba en tal forma que no lo olvidaban ya nunca más. No era un jefe cómodo, pero fue justo. Fue siempre un hombre entre hombres.
 Incluso en los últimos tiempos de su vida, cuando era rico y celebre, considerabase a si mismo como un trabajador; y nunca se sentía mas dichoso como cuando iba ataviado con su grasiento mono entre sus operarios.
 Creía en los salarios elevados, pero creía que los hombres habían de ser obreros y no bandidos. Decía que el deber de las empresas era dar a sus trabajadores una oportunidad justa para ganar lo más posible; luego, si algún trabajador haraganeaba o descuidaba sus obligaciones, había que dejarle que se fuese a otra parte.
   Taylor creía que la industria debía tener sus reglas del Márquez de Quiensberry. Los golpes bajos y por detrás han de estar prohibidos. Ninguna empresa debe intentar robarle a sus trabajadores y los trabajadores no han de procurar robarle a la empresa.
   Déseles un trato justo en los empleos y habrá abundancia de empleos para todos: esta era su doctrina.
   Desprecio la pereza, el engaño y la jactancia, como la trinidad del mal. Las extirpo de todas las fábricas en las que estuvo trabajando.
   Convirtió el trabajo en un placer, poniendo en el todo su saber. Levanto el trabajo a nivel de una ciencia.
  Nunca puso el dinero ante todo. Una vez le dijo a uno de sus amigos: Ya no puedo permitirme trabajar por dinero. En otra ocasión le dijo: Todas nuestras invenciones se han hecho para producir la dicha humana.
   Los obreros dejaron el trabajo para asistir a su entierro. Para ellos fue el más grande de los dirigentes. Fue un hombre blanco, decían.
  Entre sus trabajadores contó con muchos amigos personales. Tal como lo dijera una vez uno de ellos: el señor Taylor tiene una capacidad maravillosa para la amistad; una capacidad que puede abarcar los siete mares, durar toda la vida y llegar hasta el hombre de filas con el rango mas inferior.
  Tenía un corazón tan grande como su voluntad. Respetaba los hechos por encima de todo, pero sabía que los sentimientos son hechos. Sabía que los hechos de la naturaleza humana son tan importantes como los hechos materiales y la maquinaria.
  En su último discurso público, hecho unas pocas semanas antes de morir dijo: debemos recordar siempre que lo más importante en cualquier negocio son las buenas relaciones.
  Así era Frederick Taylor, fundador de la eficiencia industrial.
FUE TAN GRAN HOMBRE COMO MAESTRO INGENIERO.

Herbert N. Casson
 Principios de Administración Científica.

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